Cuarenta metros con alma de templo: así es la «cuevita» de Oroco Studio en Palacio
En pleno corazón del barrio de Palacio, a un paseo de la catedral de la Almudena y con el Parque Atenas a sus pies, el arquitecto Carlos Orbea, fundador de Oroco Studio, ha transformado un bajo de apenas 40 metros cuadrados útiles en su primera vivienda propia. Lo que empezó como una simple operación inmobiliaria acabó convertirse, según cuenta el propio autor, en su «cuevita»: un laboratorio de ideas donde caben la geometría, la piedra y hasta un guiño al maestro suizo Peter Zumthor.
Del plan de inversión al capricho personal
Orbea compró el inmueble pensando en reformarlo y sumarlo a su catálogo, una jugada puramente profesional. Sin embargo, el encanto del enclave madrileño torció el guion y decidió quedárselo. El punto de partida no invitaba al optimismo: al verlo en plena demolición, él mismo admite que parecía un «zulo». El reto era, por tanto, doble: ganar amplitud, calma y luz en un espacio minúsculo sin renunciar al carácter.
Una pastilla central que lo ordena todo
La clave estuvo en leer bien la planta: un rectángulo puro con la luz natural concentrada en los extremos. La respuesta fue insertar en el centro un núcleo —el arquitecto habla de una «pastilla perfecta»— que parte la casa en dos mitades luminosas, el salón-cocina por un lado y el dormitorio por otro, mientras la franja central, más oscura, acoge el baño. Para independizar ambientes sin comerse los metros, ese módulo se revistió con puertas de suelo a techo de espejo tintado en oscuro, un truco que multiplica visualmente el espacio y añade un punto de misterio: invita a preguntarse qué se esconde detrás.
Granito, acero y un baño con aire de iglesia
El recorrido entre la zona de día y el dormitorio ya adelanta lo que espera: suelo de granito y materiales en crudo que convierten el paseo en una experiencia táctil y mineral. La cabina de ducha, revestida de esa misma piedra natural, ha arrancado el elogio más sonado hasta la fecha: una amiga, nada más verla terminada, le dijo que parecía «una iglesia de Zumthor». No es casual. Orbea reconoce la huella de su etapa en un estudio de lenguaje sereno y limpio, la lección de Anne Holtrop a la hora de dejar los materiales vistos y, sobre todo, la influencia del propio Zumthor en el tratamiento de luces y sombras.
Mientras ducha e inodoro quedan ocultos en el módulo central, el lavabo se asoma abiertamente al dormitorio desde una esquina, bañado por la luz natural. El resto de la casa acompaña esa sobriedad: la cocina se reduce a lo esencial con acero y superficies neutras, y unas sillas S91 de Fasem —diseño italiano de los años noventa— aportan el contraste negro que tanto destaca sobre esta paleta de tonos crudos. La simetría, además, se cuida al detalle: la obra que preside el cabecero responde a otra pieza situada en el extremo opuesto de la planta, reforzando el eje central.
Una casa pensada para cambiar con el tiempo
Lejos de ser un proyecto cerrado, Orbea concibe su hogar como un contenedor neutro, tan depurado que él mismo lo compara con una galería de arte. Ese aire casi vacío permite ir transformando la vivienda poco a poco, cambiando piezas y objetos sin necesidad de volver a encarar una obra. Porque, como recuerda, una casa desierta se siente al principio algo fría, pero con los años se llena de la historia de quien la habita: fotografías, algunas de su padre, y regalos de su círculo íntimo han terminado de darle alma.
Para los vecinos de Madrid que sueñan con exprimir los metros sin renunciar al diseño, este rincón de Palacio es toda una lección en miniatura: con geometría bien entendida, materiales honestos y libertad creativa, 40 metros cuadrados bastan para dejar firma propia.


