Viñas a las puertas de la ciudad: el vino de Madrid apuesta por calidad y enoturismo
A más de un vecino le sorprendería saber que, entre caminos de tierra de la sierra norte, hay parcelas con cepas centenarias desde las que se divisan las Cuatro Torres. La Comunidad de Madrid suma 7.253 hectáreas de viñedo, y 5.898 de ellas pertenecen a la Denominación de Origen Protegida Vinos de Madrid, dividida en cuatro subzonas: Arganda, Navalcarnero, San Martín de Valdeiglesias y El Molar. Según el Gobierno regional, esta denominación elaboró 36.520 hectolitros en 2025.
El dato gana perspectiva al compararlo con el pasado: en los años noventa la superficie superaba las 25.000 hectáreas. La anécdota que cuenta Jaime Gómez, de Bodegas Familia Cardeña, refleja bien ese desconocimiento: a principios de aquella década, su padre ofreció un caldo de la zona a un cliente y este respondió preguntándole dónde había viñas por aquí. La familia dedica cuatro generaciones al sector desde 1925, empezó en Navalcarnero y hoy trabaja en Navas del Rey, donde supera los 200.000 kilos de uva por campaña.
Frente a Rioja y Ribera del Duero, que acaparan buena parte del mercado, la batalla se libra ahora en otro terreno. Daniel Díaz, creador de la plataforma Enoturismo Spain, señala que las bodegas de la región compiten mediante elaboraciones más reducidas pero muy cuidadas: menos volumen, más calidad.
Tres proyectos, una misma meta
En El Molar, Aitor Menchaca ha ido comprando viñedos antiguos que estaban abandonados y que la gente ya ni sabía dónde tenían. Dejó detrás otros negocios y arrancó su proyecto en 2020; hoy Menchaca Wines trabaja unas seis hectáreas y ronda las 6.000 botellas anuales, con el objetivo de llegar a las 18.000 o 20.000. Entre sus propuestas destaca un blanco de uva Malvar fermentado en barrica, una variedad que él mismo considera complicada de trabajar: su primera añada no llegó ni a comercializarse porque el resultado no le convenció.
Su forma de vender también ha cambiado: botellas a través de la web, distribuidores en el extranjero y, sobre todo, quienes se acercan hasta la bodega, donde organiza catas, cenas acompañadas por sus vinos y encuentros privados.
Gómez, por su parte, observa una peculiaridad del mercado exterior: fuera de España se pregunta por la variedad de uva, no por la procedencia. Su bodega recibe peticiones de garnacha desde puntos como Londres o Washington, y asegura que colocar una botella allí resulta más sencillo que hacerlo en la propia capital.
Otro tanto le ocurrió a Eva Rodríguez, responsable de Val Azul, en Chinchón: cuando comenzaron a elaborar en 2005 les resultaba más fácil exportar que convencer a los establecimientos de aquí para que incorporasen sus botellas. Su finca, de 42 hectáreas —nueve de ellas de viñedo—, produce entre 20.000 y 30.000 botellas al año y, en la actualidad, ingresa más por el turismo del vino que por la venta a profesionales nacionales. Visitas, catas, bodas y eventos de empresa llenan su calendario, y ella lamenta que la mayoría de los habitantes de la región ignore que aquí existe agricultura.
El enoturismo, mejor prescriptor que el supermercado
Díaz encuentra la explicación del tirón en los nuevos hábitos: se bebe menos cantidad, pero mejor, y el público busca planes para compartir, como dedicar un sábado a conocer una bodega con amigos. Ver de dónde nace el vino, sostiene, hace que luego se valore mucho más que comprar una botella a ciegas en el súper.
El último frente está en la hostelería. Gómez recuerda haber pedido un tinto en un restaurante de la capital y que le ofrecieran, sin dudarlo, Rioja o Ribera; al revisar la carta, ni rastro de caldos de la zona. Su conclusión es de puro sentido común: si el camarero nunca lo propone, difícilmente se venderá.
Así que la próxima vez que planeéis una escapada, quizá valga la pena mirar más cerca de lo habitual. Detrás de esos caminos rurales que rodean la ciudad espera todo un mundo por descubrir, y la manera más sabrosa de conocerlo es acercarse, preguntar y probar.


