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Alquilar en Madrid con una pensión mínima: 600 euros por una habitación compartida con 14 personas

Una jubilada de 63 años con cáncer paga 600 euros por una habitación en Madrid compartida con 14 personas y solo le quedan 200 euros al mes.

Alquilar en Madrid con una pensión mínima: 600 euros por una habitación compartida con 14 personas

Begoña tiene 63 años, está jubilada y lleva más de una década conviviendo con un cáncer metastásico. Cada mes ingresa una pensión de 860 euros y, de esa cantidad, 600 se van íntegros en el alquiler de una habitación de 16 metros cuadrados en la capital. Su caso, conocido a través del canal de YouTube de Diego Revuelta, ha puesto sobre la mesa el precio del alquiler y la falta de opciones para quienes menos recursos tienen.

Un chalet troceado que aloja a catorce personas

Begoña reside en un antiguo chalet adosado que una inmobiliaria reconvirtió en una especie de vivienda colectiva: tres plantas más un sótano donde hoy conviven 14 personas. Ella ocupa un dormitorio mínimo por el que abona 600 euros mensuales. La ubicación no es un capricho: vive así a unos 15 minutos del Hospital Ramón y Cajal, el centro donde recibe su quimioterapia. Mucha gente le propone mudarse a un pueblo más económico, pero alejarse de su hospital de referencia podría poner en riesgo su tratamiento oncológico, así que descarta esa salida.

La enfermedad, además, añade gastos difíciles de cuadrar. La quimioterapia le provoca efectos secundarios como el síndrome mano-pie o una sequedad extrema en la piel, lo que le obliga a comprar cremas y colirios con un margen mínimo de presupuesto.

Contratos de tres meses y sanciones de hasta 400 euros

A la estrechez del dormitorio se suma la precariedad contractual. El inmueble se gestiona mediante contratos de apenas tres meses que quedan fuera de la Ley de Arrendamientos Urbanos. Ese sistema mantiene a Begoña en un estado de alarma permanente: cada trimestre puede traer una subida inasumible o una orden de salida sin apenas margen de maniobra.

Las normas internas tampoco dejan resquicio. Si alguien se queda a dormir en su habitación, el contrato prevé un suplemento de 40 euros por visita; saltarse esta cláusula puede acarrear sanciones que llegan hasta los 400 euros. Para la protagonista, estas prácticas reflejan cómo se ha deshumanizado el acceso a un hogar: le resulta escandaloso que se troceen viviendas enteras en pequeñas habitaciones y que se explote así a quienes atraviesan situaciones vulnerables.

Vivir con 200 euros al mes

Hechas las cuentas, el panorama es demoledor: tras abonar el alquiler y hacer frente a los gastos que arrastra su enfermedad, a Begoña solo le quedan unos 200 euros al mes para comer, pagar los suministros y cubrir el día a día. Ella misma reconoce, con serenidad, que se considera pobre: un único pago devora casi la totalidad de sus ingresos.

Su historia llega, además, en un momento delicado para el mercado del alquiler. Expertos en vivienda como Jorge Galindo advierten de que los pisos están saliendo del mercado y de que ahora hay menos oferta que antes de los decretos, lo que aprieta todavía más los precios y las condiciones para los inquilinos.

Compasión no pide: contratos estables sí

Pese a todo, Begoña no busca lástima. Su manera de encarar la vida es intentar ser feliz hasta el final, pero también exige cambios de fondo. Reclama una regulación del mercado de la vivienda que frene estas fórmulas de explotación y poder firmar contratos estables que le garanticen, al menos, la tranquilidad de no ser desahuciada de un día para otro.

Su caso es un recordatorio incómodo para la ciudad: detrás de las cifras del alquiler hay personas que lo están pasando mal de verdad, y en Madrid encontrar un techo digno se ha convertido, para muchos vecinos, en una carrera de obstáculos. Historias como la de Begoña ponen rostro a un problema que necesita respuestas de instituciones, propietarios y administradores.