Casi medio siglo ha pasado desde la llegada de la Constitución y del Estado de las Autonomías, un modelo que, como recordaba el profesor Clavero Arévalo, nació para descentralizar un poder que hasta entonces se concentraba por completo en la capital. En lo político, ese reparto funcionó: hoy las comunidades gestionan presupuestos importantes y toman decisiones que condicionan el día a día de la ciudadanía. En lo económico, sin embargo, la historia es bien distinta, y los últimos datos de contabilidad regional del Instituto Nacional de Estadística lo dejan sin margen para la duda.
La lectura que se extrae de esas cifras es sencilla: mientras el conjunto del país repartía su crecimiento, la economía madrileña ha seguido ganando peso a una velocidad muy superior a la del resto de territorios. Tanto es así que, si nos fijamos en la inversión y en la renta, el país es en la práctica más centralista ahora que hace cinco décadas, justo lo contrario de aquello para lo que se diseñaron las autonomías.
Del 17,5% al 20%: la fotografía que dibujan los datos
El dato clave es este: cuando arrancó el siglo, la región madrileña aportaba el 17,5% de la economía española. Hoy esa cuota se acerca al 20%, y la tendencia se mantiene firme desde hace décadas. Dicho de otro modo, casi uno de cada cinco euros de riqueza que genera el país se produce ya en Madrid, una porción que no ha dejado de crecer a costa de la que corresponde a la periferia.
Eso no significa que las demás comunidades estén estancadas: crecen, pero a menor ritmo. Las comparaciones lo evidencian. Cataluña apenas ha movido su peso en estos veinticinco años y continúa en torno al 18,9%. El País Vasco ha retrocedido del 6,3% al 5,7%. Y Andalucía pasó del 13,3% del año 2000 al 13,8% del pasado ejercicio, una línea tan plana que la mantiene como tercera economía nacional, un lugar que no ha soltado desde los tiempos del desarrollismo.
¿Por qué la capital sigue tirando del carro?
Algo se habrá hecho bien en Madrid, o por lo menos mejor que en otros puntos del mapa, porque la ciudad ha sabido aprovechar la fuerza que le da su condición de capital del Estado. Con los años se ha convertido en un polo financiero y de negocios de primer nivel, con músculo suficiente para competir de igual a igual con los grandes centros europeos. Ese imán atrae sedes, capital y talento, y realimenta un ciclo que la hace cada vez más grande y potente frente al resto.
La brecha con el resto del país alcanza hoy su punto más alto y en el horizonte no se divisa ninguna señal de que vaya a cerrarse. A muchos les cabe la pregunta: ¿era este el mapa que imaginaban quienes hace casi cincuenta años diseñaron la España autonómica?
Qué significa esto para quienes viven en la ciudad
Para los vecinos de Madrid, esta fortaleza tiene una lectura muy directa: aquí se concentran buena parte de las decisiones empresariales y financieras del país, algo que se percibe en la actividad cotidiana, en la oferta de trabajo cualificado y en el papel de la ciudad como escaparate nacional. Ahora bien, el peso total no lo explica todo. Hay otros indicadores, como el PIB por habitante o la productividad, donde la fotografía puede cambiar bastante, y conviene seguirlos de cerca para saber si esa riqueza llega realmente a todos los barrios.
De momento, las cuentas que publica el INE dejan una imagen nítida: medio siglo de autonomías ha servido, en lo económico, para que Madrid ocupe una posición más dominante que nunca dentro de España. Tocará vigilar los próximos ejercicios para comprobar si la distancia se estabiliza o si sigue abriéndose.


