Una semana para reclamar lo que ya debería ser realidad
Con motivo de la Semana Internacional de las Personas Sordas, la Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE) ha querido recordar en Madrid que existe una distancia notable entre lo que dice la ley y lo que vive a diario la comunidad sorda. El derecho a comunicarse en lengua de signos está reconocido en cualquier ámbito, pero su aplicación choca una y otra vez con la falta de medios y de sensibilidad.
Desde la Federación de Personas Sordas de la Comunidad de Madrid (FeSorCam), su secretaria general, Lola Soroa, pone un ejemplo preocupante: cuando una persona sorda acude a un centro de salud o a un hospital de la ciudad, no encuentra intérpretes de lengua de signos de forma presencial. El servicio de videointerpretación que prestaba la Comunidad terminó esfumándose por falta de presupuesto, y en la práctica los intérpretes escasean.
La capital, referente educativo, pero solo la capital
En los colegios la cosa tampoco es uniforme. Soroa reconoce cierta ventaja frente a otras regiones: aquí existen centros donde es posible formarse en lengua de signos, aunque esa opción se limita al municipio de Madrid y no llega al resto de localidades. Su reivindicación es que cada centro cuente con un profesional sordo y titulado, tenga o no matriculado alumnado con discapacidad auditiva, para que los pequeños crezcan con referentes que refuercen su autoestima y su identidad cultural.
Esa oferta explica en buena parte lo que la federación llama migración educativa: familias que dejan provincias sin proyectos bilingües de lengua de signos y lengua oral para instalarse aquí. Rubén Golpe, técnico de familias y especialista en LSE de FeSorCam, apunta que la población sorda de la capital crece sin parar y que, sin estar a la vanguardia, la ciudad dispone de recursos que otras comunidades ni siquiera tienen. La estimación oficial ronda las 25.000 personas con discapacidad auditiva en la región —cifra que Golpe considera imprecisa—, de las que más de 11.000 residen en Madrid; también abundan en municipios del sur como Móstoles, Leganés o Getafe, atraídas por sus redes de apoyo y una vivienda más accesible.
El dinero, insisten, no lo arregla todo. La Comunidad incrementará un 10% la inversión destinada al alumnado con discapacidad auditiva el próximo curso, pero desde FeSorCam subrayan que lo importante es que los servicios sean de calidad y que los menores conozcan a personas adultas con un modelo sociolingüístico adecuado.
Sanidad y empleo, los frentes más duros
Soroa no tiene dudas al valorar la sanidad pública: a su juicio es uno de los peores sistemas del país en atención accesible. En el terreno laboral el agua tampoco va al molino. Las personas sordas alcanzan cada vez mejores titulaciones, pero los puestos que consiguen no se corresponden con esa formación. La ley exige a las empresas que el 3% de su plantilla sean personas con discapacidad, sin embargo casi ninguna lo cumple y apenas hay control ni sanción, explica Golpe. El resultado: muchos acaban en centros especiales de empleo, un circuito al margen de las grandes compañías, mientras las ONG asumen gran parte de la atención con programas públicos cada vez más menguados.
Comisarías y Metro, barreras al pie de la calle
La comunicación también se rompe ante la Policía y la Justicia. Ambos coinciden en que la barrera en comisarías y juzgados es total, y relatan que la única comisaría de la ciudad de la que saben con certeza que cuenta con servicios visuales es la de Usera. Aunque la Policía Nacional presume en redes sociales de que el dispositivo está en todas sus dependencias, en la mayoría los propios agentes desconocen su existencia o ni siquiera lo tienen registrado.
El Metro de Madrid, renovado en los últimos años, tampoco queda a salvo de las críticas. Los interfonos amarillos de algunas estaciones solo responden de forma sonora, la plantilla de atención al público se ha reducido y los avisos de incidencias son acústicos, sin aparecer en los paneles. Para quienes no oyen, todo ello se convierte en un obstáculo cotidiano.
La receta final de Soroa y Golpe pasa por cambiar la actitud de la población. Mientras a las personas oyentes se les acoge por doquier con todos los honores, quienes no oyen deben ir sorteando cada día, por sí solas, un sinnúmero de trabas en plena Madrid.


