La jugada maestra que trajo el arte mundial a nuestra ciudad
Si caminamos hoy por el Paseo del Prado y disfrutamos de la llamada Milla de Oro, quizás no somos plenamente conscientes de la compleja trama histórica y diplomática que hubo detrás para que esto fuera posible. La llegada de la colección Thyssen-Bornemisza a Madrid no fue un hecho fortuito, sino el resultado de una operación cultural de gran calado que comenzó a gestarse en la década de los ochenta.
El encuentro que cambió el panorama artístico
Todo empezó con una comida en abril de 1986 en el Ministerio de Cultura. Allí se sentaron Rodrigo Uría Meruéndano, socio fundador del bufete Uría Menéndez, junto a los barones Thyssen-Bornemisza, Hans Heinrich y Carmen Cervera. En aquel momento, nadie podía imaginar que aquel almuerzo sería la semilla de uno de los proyectos culturales más importantes de la España contemporánea.
Pocos meses después, en octubre de ese mismo año, durante una reunión en la residencia de los barones en Oxfordshire, surgió la necesidad real. La familia tenía dificultades para albergar toda su colección en el Museo de Villa Favorita, en Lugano. Fue entonces cuando la baronesa planteó a Uría y a Miguel Satrústegui, director general de Bellas Artes, la posibilidad de que España se convirtiera en la nueva sede de estas obras maestras.
Madrid frente a otras ofertas internacionales
La propuesta tomó forma en mayo de 1987 mediante una carta del duque de Badajoz, Luis Gómez-Acebo. El entonces ministro de Cultura, Javier Solana, encargó a Rodrigo Uría asesorar jurídicamente al Ministerio. España puso sobre la mesa una oferta informal pero muy atractiva: el Palacio de Villahermosa, un edificio que en aquel tiempo estaba asignado al Museo del Prado.
La competencia era feroz. Entre 1987 y 1988, los Thyssen recibieron propuestas de todo el mundo, destacando una muy ambiciosa de la Fundación Getty en Malibú, California, que ofrecía la compraventa total de la colección. Sin embargo, la opción americana implicaba la dispersión o venta total, mientras que el proyecto español garantizaba mantener la colección unida, exhibirla públicamente y darle proyección internacional, objetivos prioritarios para el barón.
A pesar de ciertas reticencias iniciales sobre la capacidad de España para rehabilitar el palacio y transportar las obras, en abril de 1988 se firmó el primer protocolo de intenciones. La fórmula evolucionó hacia un préstamo de casi 800 cuadros por un periodo de nueve años y seis meses, gestionado a través de una fundación cultural privada creada para facilitar el diálogo entre el Estado y la familia.
Un contrato complejo y una rehabilitación histórica
El contrato de préstamo fue descrito como extremadamente complejo, sometido al derecho inglés. En diciembre de 1988 se cerró el acuerdo, que incluía una contraprestación económica de cinco millones de dólares anuales para España. Además, se aportaron 9.000 millones de pesetas para financiar la fundación, destinando la mayor parte al pago de cánones y el resto a la rehabilitación del edificio.
El proyecto arquitectónico fue encomendado al prestigioso Rafael Moneo y las obras comenzaron en 1990. Este proceso obligó a crear por primera vez una normativa específica para la protección de bienes artísticos extranjeros en tránsito. Como detalle adicional, setenta y ocho obras se exhibirían también en el Monasterio de Pedralbes de Barcelona, cumpliendo un deseo de la baronesa.
De préstamo a adquisición definitiva
En octubre de 1992, tras el traslado de más de 900 obras entre cuadros, dibujos y esculturas, el Museo Thyssen-Bornemisza abrió sus puertas en el Palacio de Villahermosa. La excelente gestión y capacidad demostrada por España convencieron al barón de que la colección debía permanecer aquí de forma permanente.
Las negociaciones para la venta culminaron en junio de 1993. Mediante un real decreto-ley, se firmó el contrato de compraventa. La Fundación, con financiación estatal, adquirió casi 800 obras por 350 millones de dólares, descontando lo ya pagado durante el periodo de préstamo. Según Uría, en aquel momento el valor real de la colección podía oscilar entre 1.000 y 1.500 millones de dólares, lo que convierte esta operación en un hito para el patrimonio de Madrid.
Finalmente, los estatutos de la Fundación se transformaron, dando al Estado una posición mayoritaria en su Patronato, aunque la familia mantuvo garantías sobre la conservación y unidad de la colección. El Estado cedió a la fundación la propiedad del Palacio de Villahermosa, consolidando así un museo que hoy es orgullo de todos los madrileños.


